jueves, 28 de julio de 2011

Atlantes del mañana. Capítulo I

Estas líneas narran una historia que quizá ocurriera algún tiempo atrás, o puede que en un futuro no muy lejano.

Un relato que comienza en paraje un tanto recóndito para el ciudadano de a pie, pues en el ocaso del siglo XXI ya no quedan asideros para disfrutar de un instante de quietud o sosiego. El hombre conquistó hasta el último recoveco del planeta. No puede encontrarse reducto salvaje, virgen, inmaculado. Ni siquiera hay pez que pueda bucear sin límites a través del infinito océano sin toparse con una gigantesca red de pesca. Las mareas ya no son libres de azotar el litoral en su particular juego de atracción lunar. Cada movimiento está escrupulosamente controlado. Las probabilidades y consecuencias de cada fenómeno son calculadas sin descanso.

Las apocalípticas y desdeñadas previsiones maltusianas sobre un crecimiento exponencial de la población, a la par que un progreso geométrico en la producción de alimentos, se consumaron de manera inexorable. La mayoría de campos de cultivo dijeron basta. La tierra nos castigó con el barbecho perpetuo. Debido a ello, el hombre buscó en los planetas adyacentes nuevas fuentes de energía y materias primas que explotar y expropiar. Nuevos vertederos a los que plagar de los despojos procedentes de las atestadas urbes verticales. Nuevos paisajes que adaptar y destruir a imagen y semejanza del devastado planeta tierra.

El sol ya no brilla con la misma fuerza que antaño. Las ciudades están pobladas de gigantes que compiten por arañar las nubes, por ser más altos que el vecino, pero en este vano intento ensombrecen las calles habitadas por transeúntes sin rumbo, en penumbra. Una niebla constante puebla cada rincón del burgo. La contaminación ha llegado a ser demencial aunque cotidiana. Los ríos que atraviesan las ciudades no son ya más que arterias obstruidas que riegan su corazón de una sangre enferma.

Ciudadanos automáticos. Máquinas pre-programadas para recibir inputs a cambio de outputs. Feedback en perfecta sincronización vía satélite. En tiempo real, por supuesto. Puertos USB para interiorizar un bit de placer digital en el particular e intransferible terminal del adicto tecnófilo. Los estupefacientes clásicos como la cocaína, marihuana, heroína… desaparecieron hace lustros en el hemisferio norte. En el año 2.311 es posible descargar una dosis de cinco minutos de felicidad, tristeza, añoranza, ternura, compasión, empatía, simpatía, sinceridad, generosidad… como quien compra un paquetito de café de máquina con sabor a Colombia, República Dominicana o Brasil. Cada emoción es cafeína que puede ser experimentada sin indicios de presencia humana a miles de kilómetros a la redonda.

La boyante ingeniería del sabor y el aroma copa los mercados alimentarios. Apenas quedan productos naturales sin procesar. Ningún alimento está exento de todo tipo de aditivos y compuestos químicos. No hay espacio para cultivar debido a que un puñado de empresas multinacionales controlan los últimos latifundios de monocultivos. En cualquier caso, el autómata medio no posee un ápice de tiempo en su estresante jornada laboral para cocinar a la vieja usanza, pues el racionamiento de comida es extremo en aras de mantener sobrealimentados a aquellos que tienen el suficiente dinero.

Las pulsiones e instintos latentes en el más profundo abismo de la psique han sido sublimados cientos de años atrás a través de una novedosa aplicación en el software del hogar. Ningún deseo queda sin recompensar. Todas y cada una de las necesidades han quedado cubiertas. Al igual que el superpoblado cielo, en el que hace tiempo que no volvió a brillar azul el día. Tampoco restan bandadas de aves desafiando la gravedad. Millones de reactores supersónicos surcan la estratosfera del planeta. Hoy es posible viajar de Shanghái a Lisboa en apenas una hora. Las distancias no existen. La espera carece de sentido. El hombre es voraz e insaciable. La felicidad es prácticamente asignatura obligatoria. Al menos de cara a la galería todos pueden mostrar una perfecta aunque falaz sonrisa.

Los sentidos del hombre están completamente atrofiados. Tanto el gusto, acostumbrado a sabores artificiales, como el olfato, hecho añicos merced a un ambiente cargado de polución y smog. Misma suerte corrió la capacidad de raciocinio y abstracción mental. Sucumbió el cerebro al uso indiscriminado de tecnologías que filtran la realidad por el sistema nervioso humano. Seres en diálisis permanente a las ultra-inteligentes computadoras personales, diseñadas ex profeso para pensar por ellos mismos. Para facilitar la vida hasta el punto de que el hombre sufra una paulatina adaptación biológica a las nuevas tecnologías. Con un movimiento de ojos es posible dirigir el cursor en las nuevas pantallas virtuales.

El canon de belleza es un estándar internacional. Las nuevas técnicas genéticas permiten elegir vástagos por catálogo. Como quien configura los extras de un automóvil, ahora es posible establecer de ante mano su altura, peso, tiempo de vida, color de ojos y pelo, musculatura... Quién iba a desear que su hijo no cumpliera los mínimos exigibles por la sociedad. No sería más que un renegado, un desecho pasto del ostracismo social. La belleza carece de belleza, pues cuando un objeto es reproducido en millones de copias similares, no hay otro objeto inferior con el que comparar para determinar su carácter diferenciador, superior.

El trabajo es incesante, los ritmos de producción y consumo han acelerado hasta tal punto la vida que el ciudadano medio trabaja diez horas y duerme apenas cinco. La celeridad de la industria, el transporte y la comunicación hace que aunque el tiempo aún no haya conseguido detenerse, este se haya visto despojado de inicio o final. La vida es circular, al igual que el universo tras la explosión del Big Bang. Casi infinita. Inabarcable.

Un último escalón insoslayable se erige ante la opulenta sociedad postmoderna conformada durante el frenético siglo XXI. Un solo obstáculo por solventar para el ególatra tecno-hombre, profeso discípulo de la ciencia como nueva religión a la que rendir pleitesía. La ansiada inmortalidad es todavía la única utopía que resta por abrazar. Sin embargo, la edad media de la población se sitúa en la decrépita barrera de los 110 años. Fósiles vivientes, rostros desgastados, estirados. La ingeniería del maquillaje y la magia cosmética ocultan el paso del tiempo, de la edad, la erosión y el óxido del todavía indómito viento. Una lucha contrarreloj sin cuartel contra el más viejo enemigo. El tiempo aún no puede detenerse. Es el mayor reto a superar para vanagloria de la inteligencia del hombre. Por muchos años vividos, por irrecordables momentos experimentados, nadie realmente quiere morir mañana.

La Atlántida descrita por Platón, posiblemente la civilización precursora más avanzada, fue sepultada por el mar en un abrir y cerrar de ojos. De la misma forma imperios milenarios sufrieron el advenimiento de su caída de forma repentina. A pesar de la innata prepotencia humana, lo cierto es que no somos más que atlantes condenados en cualquier momento venidero a la completa extinción.

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